
El motivo de tal descalabro higiénico y material, aparte del incivismo evidente que se percibe (y a mi gusto exagerado), lo encontramos en la nueva ley impulsada por el alcalde de la ciudad, Boris Johnson. Dicha ley prohíbe a partir de hoy llevar alcohol en los trenes y autobuses. Y Londres en pleno se coordinó ayer para recibir con alegre borrachera la entrada en vigor de esta ley seca ferroviaria. Si vas a quitarnos lo que más nos gusta, al menos esta noche nos quedaremos descansados. Y vaya si lo hicieron. El resultado: la cancelación del metro y la detención de 17 personas, según el balance confirmado por los servicios del Transporte de Londres.
El pedo de mear. Es la paradoja de la prohibición: Cuánto menos podemos hacerlo, más ganas tenemos. Quedarnos descansados. Debería aprender Johnson esta valiosa lección. Y con él, los demás zorros políticos que nos mandan. En Barcelona ya se quisieron erradicar en su momento los botellones en las calles, y ahora más que nunca, por doquier se celebran cada noche en el Raval, Gracia o Ciutat Vella. En Girona, mi tierra, la alcaldesa Anna Pagans planeó una caza y captura de los transeúntes que fumaban marihuana asiduamente en el Barri Vell. Y desde entonces no dejan de aparecerse como setas en otros lados. Es naturaleza humana.
Deberían pensar los de arriba en la posibilidad de no coartar demasiado la libertad del ciudadano. Porque seguramente vaya a ser peor el remedio que la enfermedad. No es una alegoría a las drogas, entiéndanme. Hay que condenar lo sucedido ayer en Londres. Simplemente es la humilde opinión de alguien que ya ha practicado el pedo de mear mucho y no quiere hacerlo más.



